Poemas de muerte

Poemas de muerte

La muerte es uno de los temas favoritos de los poetas y han hablado de ella en sus obras desde muy diferentes puntos de vista.

En ocasiones la muerte es aceptada como un descanso, en otras es temida.

Muchas veces los poemas de muerte se refieren a una persona querida mientras que en ocasiones los poetas hablan de su propio fallecimiento. Los poemas de muerte pueden ayudarnos a aceptar la pérdida de un ser querido o hacernos comprender que nuestro dolor es compartido por otros que lo sintieron tan duramente como nosotros. Te ofrecemos una selección de poemas sobre la muerte para ofrecer consuelo en los momentos más duros.

Soneto de amor LXXI, de William Shakespeare

Cuando haya muerto, llórame tan sólo
mientras escuches la campana triste,
anunciadora al mundo de mi fuga
del mundo vil hacia el gusano infame.

Y no evoques, si lees esta rima,
la mano que la escribe, pues te quiero
tanto que hasta tu olvido prefiriera
a saber que te amarga mi memoria.
Pero si acaso miras estos versos
cuando del barro nada me separe,
ni siquiera mi pobre nombre digas
y que tu amor conmigo se marchite,
para que el sabio en tu llorar no indague
y se burle de ti por el ausente.

Copla V, de Jorge Manrique

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
e llegamos
al tiempo que feneçemos;
assí que cuando morimos,
descansamos.

A una calavera, de Lope de Vega


Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que mirándola detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos,
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.
Aquí la estimativa en que tenía
el principio de todo el movimiento,
aquí de las potencias la armonía.
¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,
¿dónde tan alta presunción vivía,
desprecian los gusanos aposento?

Bien está y algo es: podemos detenernos... , de Alfred Tennyson

Bien está y algo es: podemos detenernos
aquí, donde en la tierra inglesa lo sepultan,
y tal vez de su polvo se labre la violeta
de su tierra nativa.

Poco es, mas parece, en verdad, que benditos
son sus tranquilos huesos,
al descansar, en medio de nombres familiares,
y en el mismo lugar que habitó siendo joven.

Venid, pues, manos puras : sostened la cabeza
que duerme o que se puso la máscara del sueño:
y vengan cuantos gusten de llorar, y aquí el rito
de los muertos escuchen.

¡Ah! Pero, si pudiera,
sobre el fiel corazón me arrojaría, y junto
a sus labios, le diera, con mi aliento, la vida
que en mí casi se apaga;

mas no muere del todo y, sufriendo, persiste
y lentamente forma ese temple más duro,
y guarda la mirada que ya no encontraría,
las palabras que nunca ha de escuchar de nuevo

Soneto de la Muerte I de Gabriela Mistral

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!

Muerte, de Vicente Alexaindre

Vengan a mí tus espumas rompientes, cristalinas,
vengan los brazos verdes desplomándose,
venga la asfixia cuando el cuerpo se crispa
sumido bajo los labios negros que se derrumban.

Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández

Un manotazo duro, un golpe helado, 
un hachazo invisible y homicida, 
un empujón brutal te ha derribado. 
No hay extensión más grande que mi herida, 
lloro mi desventura y sus conjuntos 
y siento más tu muerte que mi vida. 
Ando sobre rastrojos de difuntos, 
y sin calor de nadie y sin consuelo 
voy de mi corazón a mis asuntos. 
Temprano levantó la muerte el vuelo, 
temprano madrugó la madrugada, 
temprano estás rodando por el suelo. 
No perdono a la muerte enamorada, 
no perdono a la vida desatenta, 
no perdono a la tierra ni a la nada.

No era la Muerte, pues yo estaba de pie, de Emily Dickinson

No era la Muerte, pues yo estaba de pie
Y todos los muertos están acostados,
No era de noche, pues todas las campanas
Agitaban sus badajos a mediodía.
No había helada, pues en mi piel
Sentí sirocos reptar,
Ni había fuego, pues mis pies de mármol
Podían helar un santuario.
Y, sin embargo, se parecían a todas
Las figuras que yo había visto
Ordenadas para un entierro
Que rememoraba como el mío.
Como si mi vida fuera recortada
Y calzada en un marco
Y no pudiera respirar sin una llave
Y era como si fuera medianoche
Cuando todo lo que late se detiene
Y el espacio mira a su alrededor
La espeluznante helada, primer otoño que llora,
Repele la apaleada tierra.
Pero todo como el caos,
Interminable, insolente,
Sin esperanza, sin mástil
Ni siquiera un informe de la tierra
Para justificar la desesperación.

Camino, de Vicente Huidobro

Un cigarro vacío
 
A lo largo del camino
He deshojado mis dedos
 
                                                  Y jamás mirar atrás
 
Mi cabellera
                                  Y el humo de esta pipa
 
Aquella luz me conducía
Todos los pájaros sin alas
En mis hombros cantaron
 
                                                   Pero mi corazón fatigado
                                                   Murió en el último nido
 
Llueve sobre el camino
Y voy buscando el sitio
                                                   donde mis lágrimas han

caído